La contracción de occidente

2/9/2022. Taken from ficciondelarazon.org

la historia de los imperios demuestra que la contracción va acompañada de la decadencia, y que ésta es irreversible y conlleva mucho sufrimiento humano. (View Highlight)

Lo que los occidentales llaman Occidente o la civilización occidental es un espacio geopolítico que surgió en el siglo XVI y se expandió continuamente hasta el siglo XX. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, cerca del 90% del globo era occidental o estaba dominado por Occidente: Europa, Rusia, América, África, Oceanía y gran parte de Asia (con las excepciones parciales de Japón y China). A partir de entonces, Occidente comenzó a contraerse: primero con la revolución rusa de 1917 y la aparición del bloque soviético, y luego, a partir de mediados de siglo, con los movimientos de descolonización. El espacio terrestre (y poco después, el extraterrestre) se convirtió en un campo de intensas disputas. Mientras tanto, lo que los occidentales entendían por Occidente estaba cambiando. Empezó siendo el cristianismo, el colonialismo, luego el capitalismo y el imperialismo, y después se metamorfoseó en democracia, derechos humanos, descolonización, autodeterminación, «relaciones internacionales basadas en reglas» -dejando siempre claro que las reglas eran establecidas por Occidente y sólo se cumplían cuando servían a sus intereses- y, finalmente, la globalización.

A mediados del siglo pasado, Occidente se había reducido tanto que varios países recién independizados tomaron la decisión de no alinearse ni con Occidente ni con el bloque que había surgido como su rival, el bloque soviético. Esto dio lugar a la aparición, entre 1955 y 1961, del Movimiento de los No Alineados. Con el fin del bloque soviético en 1991, Occidente pareció atravesar una época de expansión entusiasta. Fue la época de Gorbachov y su deseo de que Rusia se uniera a la «casa común» de Europa, con el apoyo del presidente Bush padre, un deseo reafirmado por Putin cuando tomó el poder. Fue un período histórico corto, y los acontecimientos recientes demuestran que, entretanto, el «tamaño» de Occidente se ha reducido drásticamente. A raíz de la guerra de Ucrania, Occidente decidió, por iniciativa propia, que sólo los países que aplican sanciones contra Rusia son occidentales. Ahora son alrededor del 21% de los países miembros de la ONU, lo que no supone ni el 15% de la población mundial. De seguir por este camino, Occidente podría incluso desaparecer. Se plantean varias cuestiones.

¿La contracción es el declive? Se podría pensar que la contracción de Occidente le favorece porque le permite centrarse en objetivos más realistas con mayor intensidad. Una lectura atenta de los estrategas del país hegemónico de Occidente, Estados Unidos, muestra, por el contrario, que, sin aparentemente darse cuenta de la flagrante contracción, muestran una ambición ilimitada. Con la misma facilidad con la que prevén poder reducir a Rusia (la mayor potencia nuclear) a una ruina o a un estado vasallo, prevén neutralizar a China (en camino de ser la primera economía mundial) y provocar pronto una guerra en Taiwán (similar a la de Ucrania) con ese fin. Por otra parte, la historia de los imperios demuestra que la contracción va acompañada de la decadencia, y que ésta es irreversible y conlleva mucho sufrimiento humano.

En la etapa actual, las manifestaciones de debilidad son paralelas a las de fuerza, lo que dificulta mucho el análisis. Dos ejemplos contrastados. EEUU es la mayor potencia militar del mundo (aunque no haya ganado ninguna guerra desde 1945) con bases militares en al menos 80 países. Un caso extremo de dominación es su presencia en Ghana donde, por acuerdos realizados en 2018, EEUU utiliza el aeropuerto de Accra sin ningún tipo de control o inspección, los soldados de EEUU ni siquiera necesitan pasaporte para entrar en el país, y gozan de inmunidad extraterritorial, lo que significa que si cometen algún delito, por grave que sea, no pueden ser juzgados por los tribunales de Ghana. En sentido contrario, las miles de sanciones a Rusia están haciendo, por ahora, más daño en el mundo occidental que en el espacio geopolítico que Occidente está construyendo como no occidental. Las monedas de los que parecen estar ganando la guerra son las que más se deprecian. La inflación y la recesión que se avecinan llevan al director general de JP Morgan, Jamie Dimon, a decir que se acerca un huracán.

¿Es la contracción una pérdida de cohesión interna? La contracción puede significar en realidad más cohesión, y esto es bastante visible. La dirección de la Unión Europea, es decir, la Comisión, ha estado en los últimos veinte años mucho más alineada con Estados Unidos que con los países que la componen. Lo vimos con el giro neoliberal y el apoyo entusiasta de Durão Barroso a la invasión de Irak, y lo estamos viendo ahora con Ursula von der Leyen convertida en subsecretaria de Defensa de EEUU. La verdad es que esta cohesión, si es eficaz para producir políticas, puede ser desastrosa para gestionar sus consecuencias. Europa es un espacio geopolítico que desde el siglo XVI vive de los recursos de otros países a los que domina directa o indirectamente y a los que impone un intercambio desigual. Nada de esto es posible cuando el socio es Estados Unidos o sus aliados. Además, la cohesión está hecha de incoherencias. Después de todo, ¿es Rusia un país con un PIB inferior al de muchos países de Europa? ¿O es una fuerza que quiere invadir Europa, una amenaza global que sólo puede detenerse con la inversión que ya ronda los 10.000 millones de dólares en armamento y seguridad por parte de EE.UU. en un país lejano del que poco quedará si la guerra continúa durante mucho tiempo?

¿La contracción se produce por motivos internos o externos? La bibliografía sobre la decadencia y el fin de los imperios muestra que, con pocos casos excepcionales en los que los imperios son destruidos por fuerzas externas -como los imperios azteca e inca con la llegada de los conquistadores españoles-, generalmente dominan los factores internos, aunque la decadencia puede ser precipitada por factores externos. Es difícil distinguir lo interno de lo externo, y la identificación concreta es siempre más ideológica que otra cosa. Por ejemplo, en 1964 el conocido filósofo conservador estadounidense James Burnham publicó un libro titulado El suicidio de Occidente. Según él, el liberalismo, entonces dominante en Estados Unidos, era la ideología de este declive. Para los liberales de la época, el liberalismo era, por el contrario, la ideología que permitiría una nueva hegemonía mundial más pacífica y justa para Occidente. Hoy, el liberalismo está muerto en Estados Unidos (domina el neoliberalismo, que es su opuesto) e incluso los conservadores de la vieja escuela han sido totalmente superados por los neoconservadores. Por eso Henry Kissinger (para muchos, un criminal de guerra) molestó a los prosélitos antirrusos al pedir negociaciones de paz en Davos. Sea como fuere, la guerra de Ucrania es el gran acelerador de la contracción de Occidente. Está surgiendo una nueva generación de países no alineados, de hecho alineados con la potencia que Occidente quiere aislar, China. Los BRICS, la Organización de Cooperación de Shangai, el Foro Económico Euroasiático son, entre otros, los nuevos rostros de los no occidentales.

¿Qué viene después? No lo sabemos. Es tan difícil imaginar a Occidente como un espacio subordinado en el contexto mundial como imaginarlo en una relación igualitaria y pacífica con otros espacios geopolíticos. Sólo sabemos que para los responsables de Occidente cualquiera de estas hipótesis es imposible o, si es posible, apocalíptica. Por ello, el número de reuniones internacionales se ha multiplicado en los últimos meses, desde el Foro Económico de Davos (mayo) hasta la última reunión del grupo Bilderberg (junio). En esta última, de los 14 temas, siete estaban directamente relacionados con los rivales de Occidente. Descubriremos lo que discutieron y decidieron siguiendo de cerca las portadas de The Economist durante los próximos meses.

Boaventura de Sousa Santos es catedrático de Sociología en la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal), distinguido jurista en la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison y jurista global en la Universidad de Warwick.

Fuente: Critical Legal Thinkings

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